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Los musicales están de moda, al menos a tenor de lo que se ve en la parrilla americana: en la midseason (marzo) se estrena Smash, la última de las producciones en las que se ha involucrado Steven Spielberg y que ha sido calificada por el fundador de TV Line, Michael Ausellio (toda una autoridad en el mercado estadounidense) como el segundo mejor estreno del año.

Además, otra serie revelación, Glee, ha creado un reality de jóvenes talentos (cuyo ganador, en caso de ser un chico se convertirá muy probablemente en el nuevo interés amoroso de Mercedes según ha declarado el creador de la serie) y una gira musical por todo Estados Unidos que están siendo todo un éxito.

Y una de las series más vistas de Estados Unidos: Grey´s Anatomy ha creado un capítulo musical en esta temporada y su nivel es impecable.

El planteamiento de Smash no es original: Karen, una joven camarera, sueña con ser actriz de Broadway y tras varios esfuerzos consigue ser seleccionada para el papel de Marilyn. Sin embargo la lucha acaba de empezar ya que otra cantante, Ivy, también quiere el papel.

En Glee la originalidad reside en un grupo de adolescentes que montan un coro. Y su día a día transcurre entre las clases y sus amores y desamores mientras aprenden nuevas canciones.

Sin embargo tanto la una como la otra están destinadas a triunfar. Y eso me hace preguntarme ¿qué tienen los musicales que atraen tanto?

Un profesor mío comentaba que los musicales eran el más cinematográfico de los géneros. Porque era en ese tipo de películas donde se rompían todas las convenciones y se expresaban todas las emociones. Además, da igual que uno fuera un gran actor de cine mudo, un pobre muchacho árabe o una condenada a muerte por asesinar a su marido en el momento en que empezaban a cantar se convertían en dioses.

En la antigua Grecia la música era considerada un arte sublime. Los dioses sentían debilidad por aquellos capaces de expresar los más profundos sentimientos del ser humano a través de la música. Las melodías les hacían sentirse más “humanos”, más “mortales”. Las musas, criaturas celestiales, dieron a los hombres la música y fue el hijo de una musa, Orfeo, quien con su manejo del arpa consiguió dormir al mismísimo cancerbero.

En las culturas tribales los chamanes y brujos se ayudaban de tambores, flautas y demás instrumentos para entrar en trance y hablar con los dioses. Solo a través del lenguaje de las notas podían traspasar el velo de los mortales y llegar hasta más allá.

Más tarde, los dioses (por medio de los hermanos Lumiérè) inventaron el cine; primero mudo y luego sonoro, y entonces llegaron los musicales y la gente se enganchó a ellos. Desde su aparición los musicales han gozado de momentos gloriosos (en los primeros años del cine sonoro) y épocas de oscuridad (finales de los 90, primeros años del siglo XXI) pero nunca han llegado a desaparecer.

El más recordado es, sin duda, Cantando bajo la lluvia. Quién no recuerda a Gene Kelly interpretando el tema del título, una canción que es un canto al amor puro (un hombre que se pone a cantar y bailar bajo un aguacero tiene que estar loco o enamorado). Sin embargo mi escena favorita es otra:

Gene Kelly monta un gran decorado para poder decirle a Debbie Reynolds que la ama porque sin ello no puede expresar lo que siente. A partir de ahí empieza la música y ambos se trasladan hasta el mismo cielo. Porque eso es lo que hace el musical, trasladarte a cualquier lugar en segundos y sin moverte del sillón y contarte con cada canción una nueva historia.

En España también tuvimos nuestra propia serie musical: Paco y Veva. En ella, unos jovencísimos Hugo Silva y Elena Ballesteros interpretaban a una pareja que intenta sobrellevar su relación a ritmo de pop y rock.

La serie tuvo buena acogida los primeros capítulos, sin embargo su audiencia se fue desinflando a medida que pasaban las semanas. El problema: una trama difusa y falta de conflicto en la historia de amor de los personajes que hacía que no importara nada de lo que aparecía en pantalla.

Porque el musical no es solo una sucesión de canciones; es necesario que haya una historia detrás, una estructura potente que una los numeros de forma consistente. Cantando bajo la lluvia lo tenía, Sonrisas  y Lágrimas también (aunque fuera una historia más sensiblera).

Retomando las series con las que empecé el post creo que Glee no cuenta con esa estructura tan unida. Reconozco que a pesar de amar los musicales, no he sido capaz de engancharme a las aventuras de este coro. Sus tramas me parecen ridículas, sus actuaciones histriónicas y los números musicales puros son escasos. En la mayoría de las ocasiones los personajes hacen una actuación en directo cual cantantes en un concierto y luego siguen con su vida como si nada hubiera pasado. Aún así, algunas veces hacen números más musicales, como éste:

Smash se presenta a priori como una historia más adulta, con grandes números musicales y muchos, muchos sueños. habrá que eserar hasta marzo para ver si la fiebre por los musicales continúa y yo ya tengo apuntada la fecha en mi calendario.

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