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Hace casi 17 años un vaquero celoso y un guardián espacial nos robaron el corazón, hoy he vuelto a ver ‘Toy Story 3’ y todavía siento que esos personajillos de algodón, plástico y píxeles tienen una parte de mí.

En ‘Toy Story 3’, Andy ha crecido y se va a la Universidad, así que los juguetes se preparan para pasar varios años en el desván o ser arrojados a la basura. Sin embargo sucede algo inesperado y la tropa va a parar a una guardería en la que un oso rosa y que huele a fresa (Lotso) ha impuesto una dictadura feroz. Ahora Woody, Buzz y compañía tendrán que elaborar un buen plan para escapar y reunirse con Andy de nuevo.

La trama de la película bebe directamente de ‘La gran Evasión’ y de todas las películas de fugas de los 60 y los 70. El plan, perfectamente ejecutado logra enganchar y aunque, cumple con todos los pasos del género consigue mantenernos enganchados a la pantalla y logra sorprender, como la gran escena del vertedero o los imprevistos del plan de fuga.

No es que no lo hayamos visto antes (de hecho, el problema de las puertas es un tema recurrente en la trilogía ‘Toy Story’, una forma quizás de intentar llegar a puertas de la imaginación, a lugares inalcanzables y demostrar que todo es posible con las peripecias adecuadas) pero Lasseter y su equipo consiguen que nos creamos lo que pasa ante nuestros ojos.

Además, otro punto a favor de esta gran historia es que se recoge todo aquello que se siembra. Así tenemos algunos guiños, como el rescate de Woody y compañía a cargo de “El gaaaancho”; rescate que es un “deus ex machina” en toda regla (¿alguien se acordaba de los marcianos a esas alturas de la cinta?).

También hay hueco en ‘Toy Story’ para las moralejas. Lotso fue reemplazado por su dueña y ahora está consumido por la amargura y el resentimiento. El abandono lo ha convertido en un ser ruin y mezquino que se aferra al pasado para alimentar su rabia interior. Al final de la película, incapaz de comprender el significado de la amistad e incapaz de mirar hacia adelante, Lotso recibe su castigo como corresponde a los villanos.

Pero lo importante no es el gran plan de fuga que montan ni su ejecución, sino los valores presentes en la película. Woody debe hacer la decisión más importante de su vida: seguir siendo el juguete de Andy y quedarse con él hasta el final o irse con sus amigos y seguir juntos pase lo que pase. Ambas decisiones son complicadas, y el vaquero, que siempre lo ha tenido todo, se siente perdido por primera vez.

A lo largo de toda la película el objetivo de Woody es volver con Andy, seguir unido a su dueño. Andy es el refugio, el puerto seguro de los juguetes. Quedarse con él supone no crecer, seguir viviendo de forma inocente y acomodada. Andy no va a dejarle (pues piensa llevárselo a la universidad) pero si se queda con él no va a tener una vida completa, llena de aventuras y amigos.

Si, Woody quiere quedarse con Andy pero en las películas, los personajes no obtienen lo que quieren sino lo que necesitan, y Woody ya no necesita a Andy, sino a su familia, sus amigos. Después de todo lo que han pasado, de que Sid le atara a Buzz un cohete a la espalda, de que All secuestrara a Woody… se merecían acabar juntos. Por eso, cuando están todos a punto de morir en el vertedero, derretidos por el fuego, los juguetes se cogen de la mano y confirman que “vivimos juntos, morimos juntos”.

Esta es la película que los adultos disfrutamos más que los niños y todo gracias al papel de Andy. Es cierto que ‘Toy Story’ es, como su nombre indicia, la aventura de los juguetes pero no por ello la presencia de Andy debe pasar desapercibida. Él funciona como el niño que fuimos y el adulto que somos y como nosotros, Andy también tiene que renunciar a algo que quiere. Al final de la película Andy lleva la caja con sus juguetes a casa de Bonnie (la nueva dueña de la tropa). Poco a poco vemos como se despide de Mister Potato y señora, de Rex, de Slinky, de Hamm (o el maléfico doctor chuleta de cerdo), de Perdigón y de Jessie y por último de Buzz, y de Woody. Ese Andy que se niega a entregar a su compañero de fatigas, a su confidente somos todos nosotros dejando atrás nuestra inocencia, nuestra infancia. Es el momento de decir adiós a aquellos sueños y a las grandes aventuras, de aceptar que el tiempo de jugar se terminó y que por muy vivos que nos parecieran, nuestros muñecos solo estaban vivos en nuestra imaginación.

Y ese es el segundo gran momento de la película (el primero una vez que ya has sabes que los jueguetes no van a morir en el vertedero), cuando Andy acepta que esa etapa de su vida ha terminado y que debe dejar marchar a sus juguetes. Y ese momento, que es de una gran tristeza, también es alegre porque sabemos (como nos han hecho ver durante toda la película) que los chicos estarán cuidados. Durante los 90 minutos que dura la cinta hemos conocido a Bonnie y nos hemos acabado enamorando de ella (rescata peluches abandonados, tiene una imaginación voraz que no se limita solo a tomar el té y es una cucada). Porque, aunque esta es una película en la se nos enseña a despedirnos de nuestra infancia, tenemos que asegurarnos de que va a estar en buenas manos.

Además, Woody y compañía estarán siempre ahí para Andy, igual que nuestros recuerdos, para que no nos olvidemos que un día fuimos niños y soñábamos con cerdos malvados y guardianes del espacio salvadores porque si olvidamos quienes fuimos, ¿cómo podremos saber quienes somos?

 

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