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Pedro Almodóvar ha vuelto y lo ha hecho con una película que no tiene nada que ver con ese cien que le hizo popular en los ochenta y que cautivó a todo el mundo a principios del 2000. La piel que habito es una cinta extraña, una mezcla entre el thriller, el terror psicológico, el caos y la comedia más absurda.

La piel que habito. foto: elseptimoarte. net

Vista la película me ha quedado una cosa clara: no acabo de descubrir si La piel que habito es una obra maestra o una soberana tomadura de pelo. Fui al cine sabiendo únicamente que Jean Paul Gaultier participó en el vestuario de la película, algo que le añadía un valor y que no destrozaría el argumento. Así, cada escena que se aparecía ante mis ojos en la casi vacía sala me resultaba sorprendente tanto para bien como para mal. En La piel que habito, si vas sin saber absolutamente nada, estás tres cuartos de hora sin entender qué es lo que estás viendo (aunque si sabes algo estás tres cuartos de hora alucinando con lo que se aparece ante tus ojos).

La historia del reputado cirujano Ledgard (ese hombre que pierde a su mujer pro culpa de un accidente de coche e intenta crear una piel resistente a las quemaduras) resulta confusa, inverosímil y es difícil empatizar con él. Su investigación sobre la piel humana y su experimento con “Vera” lo presenta como un hombre desolado por el amor a su mujer que intenta recuperarla con la ayuda de una paciente que le ama.

Nada más lejos de la realidad, Antonio Banderas es un Pigmalión perturbado que se acaba enamorando (y acostando) con el violador de su hija (al que le pone el rostro de su mujer fallecida).

Su locura no se presenta hasta después del mid point, ese momento de no retorno en la historia; de tal modo que parece que hayas visto dos películas distintas: una con un hombre disfrazado de tigre como protagonista y otra narrando la venganza de Ledgard contra el violador de su hija (una Blanca Suárez que, en vez de una niña traumatizada parece una chica con un ligero retraso mental).

La historia es sórdida, retorcida, oscura y pretende ser aterradora; y sin embargo en muchos momentos es más cómica que terrorífica. La irrupción del hermano de Roberto Ledgard resulta histriónica, estúpida y saca de la pantalla a más de un espectador. Su aparición, disfraz de tigre incluído es hortera hasta decir basta y su presencia que sirve como detonante para que Antonio Banderas reconozca que se ha enamorado de “Vera” se alarga en exceso (sobre todo teniendo en cuenta que Bandeeras y Marisa Paredes habían discutido momentos antes sobre la importancia de matar o no a “vera” y de que Banderas se estaba enamorando de la chica).

El "tigrinho" y su madre.

Marisa Paredes, que interpreta al ama de llaves de Ledgard y su madre biológica no acaba de estar en la película. Su relación con sus dos hijos es ilógica y está llena de fallos (hace doce años que no ve a su “tigrinho” y parece que no le guarda mucho cariño pero le deja hacer lo que quiere). Además, mientras que a veces parece ser cómplice de Antonio Banderas, en otras ocasiones está ahí solamente para hacer bulto.

El actor de Desperado y La Máscara del Zorro muestra un registro desconocido en él, en la que posiblemente sea su mejor interpretación y consigue mantener la atención del espectador durante la mayor parte del metraje. Sin embargo, no es suficiente para conseguir que nos olvidemos de su locura y nos lancemos a la piscina con él y vivamos su historia.

La intervención de Roberto Álamo (el violador y cobaya de los experimentos de Ledgard) llega tarde e impide que podamos ver a Elena Anaya como a Vicente (el personaje de Álamo). Ya conocemos a “Vera” y hemos creado una historia para ella; además sus movimientos, sus gestos y su forma de hablar son radicalmente distintas a las de Vicente y solo tenemos sus labores de escultura para hacer la asociación entre los personajes.

En general, abunda la hipertextualización en los diálogos así como las escenas que parecen estar ahí para llenar metraje (me parece muy bien que quieras que tu familia salga en tu película pero la intervención de Agustín Almodóvar no sirve para avanzar la acción) que se combinan con otras escenas coreografíadas hasta el mínimo detalle y de un gran lirismo.

Mención aparte merece la des-localización de la historia, un fallo de racord que parte del guión. “El cigarral” está en Madrid (aunque recuerda a una casa del sur), sin embargo en menos de una hora los personajes están en Santiago. Además, tanto “tigrinho” como la hija de Antonio Banderas se criaron con raíces portuguesas (él se crió en las favelas brasileñas y ella canta una canción portuguesa den niña). Sin embargo, ni Antonio Banderas, ni Marisa paredes ni Blanca Suárez (que interpreta a la hija de Banderas en su adolescencia) tienen un deje portugués en su voz. Sé que es posible que estos detalles solo me desconcierten a mí pero los detalles son los que al final hacen la película y si estos fallan lo demás se queda muy vacío.

Así, La piel que habito se mueve entre los términos de una gran película y una tomadura de pelo siendo el límite entre ambos conceptos tan fino que en muchas ocasiones estamos ante las dos cosas. Nadie puede negar la originalidad de la propuesta y los interrogantes que se plantean al ver la película (¿hasta dónde llega el amor? ¿dónde está el límite de la venganza?), pero al mismo tiempo el desarrollo surrealista impide definirse. Como Vicente, tras ver esta cinta, yo tengo la sensación de que esta piel no acaba de ser la mía.

Por cierto, Jean Paul Gaultier solo diseñó los monos de Elena Anaya, su vestido de flores es de Dolce&Gabanna. El vestuario está realmente cuidado y se agradece ver que Almodóvar apuesta por crear una sensación cromática en el espectador. Cuando Anaya lleva el mono negro sale al salón de la casa y se sitúa en el topo rojo de la gran alfombra negra, mientras que su vestido de flores se sitúa en el despacho de Robert, con cuadros en tonos pastel en las paredes.

Elena Anaya y Antonio Banderas, ella con un Dolce&Gabanna y el bolso lady de Christian Dior.

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