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Un niño mira por la ventana de un aeropuerto cómo los aviones de Pan Am llegan al brillante aeropuerto. Un piloto saluda al niño a la luz del atardecer, elegante, confiado, formal, todo lo que el niño quiere ser. Bienvenidos a 1963 donde los sueños a veces se hacen realidad.

De este modo empieza Pan Am, una serie que, al contrario que Mad Men (la referencia en cuanto a series que hablan de las décadas de los 50 y 60) no busca recordar el pasado para hacer crítica o señalar con ironía las viejas costumbres. La serie de las azafatas espía prefiere idealizar el pasado y apostar por la creencia de que la época dorada de la historia estadounidense ya pasó. Igual que decía Karina, para los guionistas y productores de la nueva serie de la ABC abogan en esta época de crisis por defender la premisa de que “cualquier tiempo pasado nos parece mejor”.

Así, cada escenario está bañado con una luz dorada, irreal. Los aeropuertos, los aviones, las ciudades… todo se tiñe de un halo de nostalgia y hermosura irreales. Pan Am rescata lo que considera que la sociedad ha perdido y lo hace sin rastro de crítica o burla. Los uniformes planchados, las fajas que crean imágenes perfectas, el control, los buenos modales, el respecto, la elegancia, las ganas de soñar y un futuro prometedor son solo algunos de los aspectos que intenta recuperar esta serie.

Y para ello, ¿qué hay más prometedor que un comienzo? El piloto de Pan Am presenta a una azafata en prácticas, un capitán que se estrena en el pilotaje, y un avión recién sacado del horno que huele a nuevo y a puro, a algo diferente. Para poder separarse de Mad Men y evitar las comparaciones, la ABC ha añadido un toque de misterio al show con una trama de espionaje. Como dice Kate, nuestra Matahari refinada, “las azafatas de Pan América tienen la tapadera perfecta”. La Guerra Fría fue un buen momento para investigar los secretos del otro bando con la mayor discreción posible y, aunque la pequeña Kate tendrá más misiones de correo que de acción real (porque, después de todo, no estamos viendo Nikita ni Alias), todavía aguardan algunas sorpresas.

La trama es sencilla pero no está exenta de emoción. Puede que Kate no tenga que rescatar a cinco niños a los que algún malvado ruso tiene escondidos en su guarida secreta en algún lugar del universo y a los que matará en menos de dos horas. Pero su pequeña misión es importante para ella, es su “bicicleta”, su supervivencia y su modo de demostrar a todo el mundo que es más de lo que ellos creen.

Puede que la idea de Pan Am no sea novedosa pero tampoco es plana o vacía. Sus personajes femeninos son fuertes y están bien construídos, al igual que los dos chicos, que se aferran todavía a las viejas costumbres pero que empiezan a comprender que están ante una “nueva raza” de mujeres a las que no se puede atar. Es interesante verlo interactuar, siguiendo las reglas arcaicas de sus padres pero al mismo tiempo, transgrediéndolas lo justo para crearse una nueva vida.

Los niños quieren ser pilotos y las niñas azafatas de Pan Am. Ellas también sueñan con ver el mundo y volar, volar lejos de sus padres y de las costumbres, de las tradiciones y de una vida de esclavitud, como hace Laura, la novia fugada y actual rostro del último número de la revista Life. Porque, a pesar de lo que comentan las azafatas al comienzo de la serie, ninguna de nuestras protagonistas busca un marido, sino su libertad.

A ella y a su hermana Kate se les unen Colette una ingenua francesa con sueños románticos y Maggie, la rebelde azafata que desea ver el mundo con sus propios ojos y que en su casa escucha Jazz mientras debate sobre las propuestas de Hegel y Marx. Además, todas ellas dominan varias lenguas y se desenvuelven perfectamente en un mundo de hombres. No está mal para unas niñas cuyo destino era el de casarse y servir a su marido.

El grupo lo completa la ausente Bridget, una líder nata y cuya existencia conocemos a través de los flashbacks y de las conversaciones entre sus compañeros. Ella nos abre una nueva línea de misterio y encabeza las aspiraciones de todas estas chicas que rompen moldes.

Resulta curioso que una serie sobre el pasado se remonte a su vez a otros pasado para presentarnos los miedos y las esperanzas de los protagonistas. El recurso, aunque manido, resulta eficaz y no ahorra las tan aburridas explicaciones de los personajes acerca de ellos mismos.

El único de los flashbacks que rompe con la magnificiencia de la serie es el histórico. Estando, como estamos, ante un producto de ficción que ofrece una visión idealizada (y por lo tanto deformada) del pasado, la presencia de acontecimientos históricos reales choca con el espíritu de la serie y nos expulsa de lo que estamos viendo.

Otro aspecto positivo de la serie es su más que cuidada ambientación y fotografía y sobre todo, su vestuario y maquillaje. Las prendas con un acabado exquisito y unas formas sencillas y delicadas, evocan la elegancia del pasado y el cuidado por las formas. Además, los gestos, la posición de las manos, la forma de caminar… todo se convierte en un maravilloso desfile ante nuestros ojos y cumple a la perfección con su misión de hacernos desear ese pasado anhelado.

Todo ello con un acompañamiento musical exquisito, reflejo de las grandes orquestas de los años 50 y 60, con esa magia que solo la época dorada de Hollywood sabía crear.

Pan Am no es Mad Men, al igual que la ABC no es la AMC, pero eso no significa que no podamos aprender de la serie de las azafatas del mismo modo que aprendimos de los publicistas locos. Y recordad que, al final, todo pasa por New York.

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