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Nadie en la televisión española de hoy en día pone en duda que hablar de Bambú Producciones equivale a hablar de calidad, de unas series cuidadas y mimadas que dan como resultado productos de otro nivel. Con este pasado, ‘Gran Hotel’ no iba a ser menos.

La ficción española, al que se ha comparado con ‘Downtown Abbey’ mantiene la filosofía de la casa y nos ofrece una historia de grandes amores y mayores intrigas. Julio Olmedo llega al Gran Hotel para visitar a su hermana Cristina. Al descubrir que su hermana ya no está en el establecimiento, empieza a sospechar y decide ocupar la vacante de camarero para poder investigar más de cerca.

Al mismo tiempo, Alicia Alarcón, hija de la dueña del hotel, regresa tras varios meses de ausencia para descubrir que está comprometida con el director del Gran Hotel y que la situación financiera del negocio familiar no es tan buena como aparenta.

Entre ellos van a saltar chispas y Alicia acabará uniéndose a la investigación de Julio para descubrir seguramente que su matrimonio y la desaparición de la hermana de Julio no están tan alejadas como podría parecer.

Ramón Campos y su equipo ya nos marcan desde el segundo treinta de capítulo (sí lo he contado, si añadimos la cabecera sería en el minuto y medio) cuál es la pareja y que al fin y al cabo, esto es una historia de amor. Una estación de tren, gente subiendo a los vagones y un humilde chico que se fija en una joven doncella. Ya está, nos han vendido la serie y no nos hemos dado ni cuenta. A partir de ahí nos presentan el otro gancho de la serie, la misteriosa desaparición de Cristina Olmedo, con amenazas incluídas. Si creías que esto iba sobre la desaparición de una chica y como durante esa investigación se enamora una pareja estás equivocado. Esto va sobre una pareja que se enamora y que tiene en una investigación la excusa perfecta para contar su historia de amor.

El piloto avanza con un ritmo más lento de lo que yo me esperaba, aunque reconozco que cumple a la perfección con su papel de presentar a todas las fichas de este tablero y las dos grandes tramas de la serie. Doña Teresa y su cómplice Diego no se esconden en ningún momento y no dudan en hacer lo que sea necesario con tal de lograr sus propósitos, incluso jugar con la felicidad de Alicia. La pobre Alicia tiene que tragarse su orgullo y aceptar un compromiso que no desea por honor y por deber, pero demuestra que no es un personaje plano al incorporarse a la investigación de Julio. Y Julio, es la definición del chico humilde rebelde y gallito a su manera pero con un sentido del honor y de la familia que harán que se convierta en el rompecorazones de la temporada (tiembla Mario Casas). El resto de personajes muestra menos de sí mismos lo que constituye un acierto y un alivio.

Me sorprende ver a los personajes tan definidos en sus roles. No hemos tenido que esperar nada para ver cómo doña Teresa era amenazada por Cristina y al final del episodio nuestras sospechas quedarán confirmadas. Parece que Bambú no va a jugar al escondite con nosotros en ‘Gran Hotel’ como hizo en su día con ‘Gran Reserva’. Es posible que me equivoque pero dudo mucho que un personaje que se describe con tanto carácter como el de doña Teresa o Diego vayan a ser a su vez lacayos de alguien.

Las confabulaciones del dúo son propias de cualquier producción de Telemundo, aunque con unos diálogos más cuidados y una puesta en escena mucho más elegante. Bambú nunca ha ocultado su pasión por el melodrama y ‘Gran Hotel’ tiene a la novia que debe casarse con un hombre al que no ama al tiempo que empieza a sentir algo por un hombre de una clase social más baja; a la familia que la ha empujado a esta situación y el clásico aborto por las escaleras. Todo ello regado con la dosis de acción que supone la trama detectivesca y que consiguen que la serie no se quede en un folletín más. Porque si hay algo que sabe hacer Bambú, es revestir los culebrones de grandeza.

Porque ellos consiguen que te tragues todo el background de los personajes masticadito porque lo envuelven con bellas palabras, una puesta en escena soberbia, una ambientación cuidada en extremo y un gran casting de actores (la combinación rostro guapo que atrae espectadores con actores de renombre que dan calidad al producto les funciona estupendamente).

Aunque las interpretaciones de algunos actores se notaban todavía algo forzadas. Amaia Salamanca y Yon González podrán ser buenos actores pero tengo la sensación de que al final lleven uniforme de un internado o se hayan operado los pechos por un matón del tres al cuarto, siempre hacen el mismo papel.

Hay que alabar también la valentía de Bambú en cuanto a los rodajes en exteriores (aunque es cierto que durante los primeros capítulos se trata más de “vender” que de contar y se utilizan muchos más exteriores, Bambú suele hacer que sus series respiren, con mucha frecuencia).

Y debemos felicitar tanto al director de fotografía como a los responsables del vestuario de la serie. La serie tiene esa luz pura del pasado que me encanta pero lo mejor son sin duda las escenas de las velas. Es complicado iluminar un escenario con velas pero en ‘Gran Hotel’ están colocadas en el lugar idóneo para crear la atmósfera adecuada. El momento romántico en el balcón, primer acercamiento íntimo entre Yon y Amaia es cálido pero al mismo tiempo mantiene las formas.

Los juegos de sombras que se dan en varios momentos del episodio también son dignos de mención. Hace apenas cuatro años, en España se iluminaba de forma plana la escena para evitar que hubiera cualquier sombra que pudiera “manchar” la imagen. El resultado eran unas ficciones que no se diferenciaban unas de otras y que daban un aspecto artificial. Con la iluminación por campos eso no pasa y Bambú sabe sacar provecho a la luz para crear los dobles juegos de los personajes (no se me pasa por alto que cuando Diego está con su amante no hay ni una sola lámpara para que nadie vea su cara oculta).

El vestuario es sencillamente increíble. La elaboración de los trajes, el detalle en los bordados, la rigurosidad y la majestuosidad de las prendas es impresionante y constituye un aliciente más para disfrutar de esta serie. Dominan los tonos pardos, con el gris a la cabeza para los clientes nobles, y el blanco y el negro, los uniformes de los empleados. Me llama la atención que Alicia vaya siempre de blanco o rosa claro, tonos de la inocencia y la bondad y del deber. El único momento en el que ella lleva un traje de otro color es en su fiesta de compromiso, con ese precioso vestido verde botella. Ahí también es cuando Alicia hace por primera vez lo que quiere (aunque sea fumar un cigarrillo) y es cuando más infeliz está. Es posible que esto solo sea una obsesión mía pero conociendo el perfeccionismo de Ramón Campos, Gema R. Neira y compañía, dudo que dejaran un asunto como este al azar.

La semana que viene, si nada me lo impide, asistiré a otra ración de esta novela aderezada de misterio, con guiones interesantes y bien condimentados por esa enorme puesta en escena.

La primera de las dos grandes fiestas del piloto de "Gran Hotel"

Por cierto, no he podido dejar de notar que en el exquisito Gran Hotel (ese precioso Palacio de la Magdalena), las historias comienzan con una celebración y la gente tiene la costumbre de espiar tras las puertas, al igual que les pasa a ciertos bodegueros de La Siesta. El sello de Bambú también está en esos pequeños detalles de guion.

Comienzo de la segunda temporada de "Gran Reserva"

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