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Tintín y el secreto del unicornio; así se llama la primera adaptación en pantalla grande de las aventuras de este mítico periodista, su perro Milú y demás compañeros de fatigas. Aunque a decir verdad la cinta no está basada solo en esa historia, sino que también bebe de “El tesoro de Rackhman el Rojo” y de “El cangrejo de las pinzas de oro” y al ver la película la sensación es que hay demasiados retales mal cosidos.

Tras unos títulos de crédito tan brillantes como spoileantes, el resto de metraje resulta en más de una ocasión pesado, repetitivo y excesivo. La pieza muda (aunque muda no sería la palabra, pues John Williams compone una pieza magnífica para el corto) en la que se sobreimpresionan los créditos de la película es eficaz, resolutiva, directa, llena de acción y muy entretenida.

Acto seguido el dibujo da paso al “motion capture”, esa técnica que requiere a actores reales y ordenador y que no es ni una cosa ni la otra y a partir de ese momento es cuando la película empieza a hacer aguas. Sin embargo no es la técnica lo que falla, puesto que la exactitud de los detalles y el realismo de todos los elementos que vemos es bastante impresionante. Los detalles de la barba del capitán o los pelos de Milú son increíbles y gracias a la animación, podemos disfrutar de escenas como la persecución por las calles de Marruecos.

No, lo que falla en Tintín y el secreto del unicornio es su base más profunda, la propia historia. Los fans de Tintín devoramos sus aventuras en nuestra infancia, y las releímos en nuestra adolescencia y juventud y, a pesar de estar en un soporte inanimado, todas las andanzas del reportero tenían vida y alma, y lo que es más importante, el descubrimiento se realizaba de forma paralela entre Tintín y el lector.

En la pantalla no hay ni rastro de la sagacidad de Tintín, de su astucia e inteligencia, su madurez, su resolución. El que se pasea ante nuestros ojos es un niño perdido incapaz de realizar las conexiones de ideas más sencillas (tres unicornios; tres barcos) y que parece tener una necesidad acuciante de expresar en voz alta todo aquello que se pasa por su cabeza, aún cuando, muchas veces, hace ya rato que los espectadores hemos llegado a la conclusión de su divagación.

El hecho de que en el cómic el personaje tenga que externalizar sus pensamientos para que el lector pueda participar de la acción no debe repetirse en la adaptación. El cine nos da la capacidad para mostrar en imágenes, sin necesidad de palabras, lo que los personajes desean, sienten, piensan, hacen. Una obra como Tintín no debería ser trasladada exactamente al cine, punto por punto. La grandiosidad de su historia puede ser plasmada en cine de la forma que se merece, no solo en cuanto a técnica sino sobre todo como narración.

Los personajes dan tumbos a lo largo de la historia y en algunos momentos no se sabe exactamente cómo han logrado llegar a los distintos lugares. No hay rastro de una estructura ni de un esqueleto que vertebre a los personajes y los guíe hacia su destino inevitable. Además, la trama se alarga en exceso lo que convierte a la película en una sucesión de persecuciones y escenas más o menos entretenidas pero sin ningún tipo de alma.

Tan solo el capitán Haddock cuenta con algunas frases y momentos realmente destacables. Su ironía, su visión particular del mundo y su humor extraño siguen la estela iniciada por Hergé y es agradable verle en escena. Su relevancia es tal que en algunos momentos roba el protagonismo a Tintín hasta el punto de hacernos pensar que esta es la historia del viejo lobo de mar y no del periodista. También Hernández y Fernández conservan parte del espíritu de las viñetas, aún a pesar de que a veces parecen caricaturas de sí mismos. Se echa en falta la presencia de un gran compañero de Tintín como es el profesor Tornasol aunque es posible que su figura se viera desdibujada en una versión tan infantil como ésta.

El flashback en el que se presenta la historia del primer Haddock es de lo mejor de la película, tanto por al forma en la que se introduce como por el soplo de aire fresco que supone en la trama. La información está bien dosificada y se transmite de forma dinámica.

Parece mentira, una vez vista la película, que el nombre de Steven Spielberg esté detrás de todo. Y parece más mentira todavía que el “rey midas de Hollywood” se haya acomodado tanto en su sillón que ya no se moleste en crear historias sino solamente en realizar escenas de persecución bien coreografiadas y entretenidas. ¿Qué fue de Indiana Jones? De Tiburón, incluso. Qué fue, sobre todo de La lista de Schindler. Una, fan de Tintín como es, se siente insultada al ver que esos magníficos relatos se han convertido en historietas baratas, en una mera excusa para recrear gags cómicos con mayor o menor fortuna y realizar escenas de acción (muy logradas y entretenidas, eso sí).

Confío en que en la segunda parte, Spielberg y Jackson demuestren el mismo cuidado a la historia que a la imagen ya que es una pena que una obra que podría haber sido absolutamente brillante se haya quedado simplemente en un corta y pega de persecuciones y peleas.

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